Beate Sirota

Beate Sirota. La austríaca que consiguió la emancipación de las japonesas

Japón-EE.UU., 1923 - 2012

 

¿Cómo una niña nacida en Viena en 1923 que al ver a los japoneses por primera vez preguntó a su madre si todos eran hermanos -viéndolos tan distintos a ellos y tan iguales entre sí-, acabó siendo la única mujer artífice de la constitución japonesa?

 

Cuando Beate tenía cinco años, a su padre, el renombrado pianista austríaco Leo Sirota, le ofrecieron un puesto como profesor en la Tokyo National University of Fine Arts and Music y allí se trasladó junto a su mujer y su hija.

 

Sus padres tuvieron claro que, aunque su hija estudiara en un colegio alemán, querían que se integrase en la cultura japonesa. Beate aprendió el idioma jugando con otros niños pero también se convirtió en la mano derecha de sus padres, que al no llegar a dominar el idioma, recurrían a ella para que les asistiera en cuestiones burocráticas en las que normalmente los niños nunca están involucrados.

Beate Sirota Gordon escucha una performance de koto con sus padres, Augustine y Leo, 1929

 

Había tan pocos judíos en Japón en aquel tiempo, que los japoneses no los consideraban diferentes a cualquier otro extranjero. Tampoco en el colegio alemán hubo problemas hasta la diápora de profesores nazis para enseñar la doctrina del Tercer Reich.

 

Sirota se trasladó a un colegio americano en aquel momento y, diez años después de su llegada a Japón, sus padres la enviaron a California para que continuase sus estudios en un colegio de artes. Estando allí, lejos de sus padres, se inició la Segunda Guerra Mundial.

Desde que estalló el conflicto, sus padres no pudieron seguir enviándole dinero. Beate empezó a pensar en trabajar durante el verano y coincidió con un momento en que Estados Unidos buscaba desesperadamente a gente que pudiese hablar japonés.

 

Beate aún era ciudadana austríaca y Austria había sido absorbida por Alemania, por lo que su pasaporte pasó a ser alemán. El Estado solo quería a ciudadanos americanos pero en CBS radio necesitaban a alguien que tradujese lo que la radio japonesa decía sobre los americanos.

 

Cuando Beate fue a las pruebas, se dio cuenta de que, aunque ella hablaba japonés fluentemente, no podía entender un vocabulario que nunca antes había empleado en unas grabaciones con un sonido de muy mala calidad. En lugar de darse por vencida, estudió muy duro y se hizo su propio diccionario con palabras relacionadas con la guerra. Un día tradujo que un submarino japonés se aproximaba a San Francisco. Su jefe vino a cerciorarse de si estaba completamente segura y, como ningún otro traductor lo había captado, la ascendieron.

Cuando acabaron las vacaciones, el director de la radio pidió a la directora del colegio que la dejase compaginar el trabajo con sus estudios.

 

Al terminar sus estudios, decidió instalarse en Nueva York. Era el final de la guerra, Estados Unidos había ocupado Japón y ella empezó a trabajar en Times Magazine. En una época en que las mujeres no estaban autorizadas a firmar los artículos y solo podían ser documentalistas, se encargó de revisar la exactitud de los datos de los artículos relacionados con el país del sol naciente.

 

Cuando dejó de trabajar en Times, decidió volver a Japón a visitar a sus padres, a los que no había visto en años; pero al tratarse de un país ocupado, le dijeron que la única manera de que la dejasen viajar era convirtiéndose en adjunta del ejércto. Cuando le preguntaron qué podía ofrecer y dijo que hablaba japonés, la aceptaron de inmediato.

 

Carnet de identidad de Sirota como miembro del departamento de guerra

 

En Japón encontró todo destrozado. Sus padres vivían bajo arresto domiciliario, la policía secreta los interrogó cada día durante 3 años preguntando por qué su hija tenía nacionalidad americana y si podían escuchar noticias del exterior. Beate tenía sentimientos encontrados: consciente del sentido de obediencia de los japoneses, culpaba a sus superiores.

 

Como adjunta al ejército, la destinaron a asuntos exteriores y le encargaron vigilar los nuevos partidos que surgían en Japón. Un día, al llegar a su oficina, encontró una nota diciendo que tenía que dirigirse a la sala de conferencias.

 

Una vez allí, le comunicaron junto a otros 19 hombres, que era parte de la asamblea constituyente de la nueva constitución japonesa que debían escribir en 7 días. A su departamento le encargaron los derechos civiles y a ella, los de la mujer (inexistentes hasta entonces). Rememorando su vida en Japón, ella añadió derechos sociales y de libertad académica. Tenía 22 años.

 

Debían mantener en secreto su autoría ya que el emperador japonés iba a presentar la constitución sin revelar que había sido escrita por los americanos pero el momento de mostrar los artículos redactados al emperador provocó un gran conflicto. Los japoneses habían escrito otra constitución paralela y les hicieron compararlas.

 

Llegaron al artículo referente a los derechos de las mujeres a las 2 de la mañana, todos tenían ganas de acabar. Al leerlo, los japoneses reclamaron que estaba en contra de su cultura y su historia pero acabaron cediendo y el artículo 24 de la Constitución japonesa reza:

 

“El matrimonio debe ser basado solo en el consentimiento mutuo de ambos sexos y ser mantenido con una cooperación mutua bajo la base de la igualdad de derechos entre el marido y la esposa.

En relación a la elección de esposa, derechos de propiedad, herencia, elección de domicilio, divorcio y otros asuntos relacionados con el matrimonio y la familia, las leyes deben actuar bajo el principio de la dignidad individual y la esencial igualdad de sexos”.

 

Beate Sirota dejando Japón en 1947

 

A su regreso a EEUU, Beate se casó con el que había sido el jefe de los 5 intérpretes que redactaron la constitución, Lt. Joseph Gordon; se dedicó a promocionar artistas japoneses en América, tuvo dos hijos y viajó a menudo a Japón, especialmente desde que en 1972 se desveló su papel en la constitución.

 

Beate murió en 2012, 4 meses después de que lo hiciese el que fue su marido durante 63 años.

Las feministas japonesas la consideran autora de su emancipación.

 

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